Los arquitectos de lo efímero

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La hermandad del Santo Sepulcro muestra el trabajo de instalar uno de los más cuidados altares.

Ya ha anochecido en el corazón de Córdoba. En la céntrica iglesia del Salvador y Santo Domingo de Silos terminó la última de las misas diarias. Tan pronto como se desaloja el templo, un nutrido grupo de personas hormiguea por las naves. Visten en su mayoría ropa de trabajo azul, con cinco cruces rojas a la altura del pecho. Son cofrades del Santo Sepulcro, que tras una genuflexión ante el sagrario se disponen a ultimar el montaje del altar de quinario para su titular.

No es la primera de las jornadas que dedican a estas labores. En días anteriores, restándole horas al descanso, el equipo de priostía ha ido ensamblando un complejo mecano de madera y metal, que se oculta ahora bajo un terciopelo rojo, orlado de galón y tachonado de estrellas doradas. Un colosal catafalco formado por gradas que darán la altura deseada a la composición. Sobre el túmulo funerario que remata esta pirámide ha sido colocada ya, calculando cuidadosamente su inclinación para mejorar la visibilidad, la imagen del Señor. Esta hermandad goza del privilegio, poco generalizado, y obtenido a base de esfuerzo y colaboración con el templo, de poder ocupar el presbiterio con sus montajes.

El grupo inicial se ha dividido en otros menores. Unos adolescentes han ocupado la sacristía, afanados en ultimar la limpieza de los enseres que se utilizarán después, y que alguien ajeno habría juzgado suficientemente limpios antes de empezar esta labor. Con leves modificaciones, la composición del altar se basará en la del año anterior, que recreaba clásicos montajes de otras décadas, por lo que para su configuración se apoyan en fotografías de aquél, complementadas por un croquis en el que se han anotado los cambios. Enrique León, hermano mayor de la cofradía, toma cierta distancia y comienza a dirigir el montaje, indicando metódicamente la situación exacta de cada punto de luz, jarra de flor o ángeles que exornan la composición. Dedica a cada elemento, por minúsculo que pudiera parecer, un tiempo más que considerable.

Tras hacer modificar por enésima vez la posición de una jarra, pide la opinión de otro hermano. El interpelado es Jorge Mellado, diseñador del paso del Señor, quien no llega a contestar de palabra. Se limita a ladear la cabeza de forma casi imperceptible. Es suficiente explicación para el hermano mayor y para todos los presentes, que inmediatamente deshacen lo ejecutado y comienzan de nuevo el proceso de colocación. «El cofrade milímetro», susurra su hermano Francisco, consciente quizá de que el cariñoso apelativo con que los apodan en la hermandad por su minuciosidad y perfeccionismo es aplicable a ambos. En el ambiente de laboriosidad que se respira en el templo, cada hermano conoce su papel. Como en una orquesta perfectamente conjuntada bajo la batuta de León y los hermanos Mellado, los candeleros, faroles y fanales van ocupando su posición definitiva.

Gonzalo Martínez, a sus quince años, remolonea un instante antes de regresar a por más enseres, y aprovecha para observar atentamente la labor de sus mayores, empapándose en silencio de la catequesis plástica que practica su cofradía. Consciente de que debe regresar a por más componentes, parte finalmente, para volver cargado con unos candelabros de cinco puntos de luz que dotarán de anchura y pendiente al conjunto.

 La cera color tiniebla se va fijando en sus variados soportes. Fanales del antiguo paso, faroles del Desconsuelo, blandones y ciriales parroquiales, candeleros del palio y del templo van conjuntándose armoniosamente para proporcionar la ofrenda de luz, y así, poco a poco, el túmulo regio que la hermandad dedica a su titular va tomando forma. Lo que hasta entonces eran elementos hermosos pero inconexos ocupan milimétricamente su posición para formar un equilibrado conjunto. Las jarras de plata del antiguo paso sostendrán la morada flor, y unos ángeles de gran tamaño portarán lanza e hisopo, como atributos simbólicos de la pasión.

En el centro de la composición, como protagonista litúrgico, está el sagrario que rememora en plata el altar mayor de la iglesia en su configuración primitiva. En la cúspide de todo el montaje, seis espigados cirios escoltan a la imagen, tras la que se muestra la cruz parroquial flanqueada por dos ciriales. A los pies del Señor, dos pequeños ángeles tenantes sostienen unas filacterias con una leyenda en latín. Un antiguo canto coral, usado habitualmente en la misa de la Cena del Señor, que adquiere junto al yacente una dimensión especial: «Christus factus est pro nobis obediens / usque ad mortem mortem autem crucis».

Los hermanos del Sepulcro continuarán con la tarea varias horas más. Por poco no les sorprenderán las primeras luces. Regresarán a sus casas tras haber robado al sueño un buen número de horas para dedicárselas a su hermandad. No importa el tiempo empeñado ni el esfuerzo. Para los hermanos del Sepulcro todo celo es poco en la búsqueda de la excelencia.

Escrito por Joaquín de Velasco para ABC Córdoba
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